Cuando deja uno de creer en sí mismo.

Cuando deja uno de creer en sí mismo, deja de producir o de luchar, incluso de hacerse preguntas o de responderlas, siendo así que debería ocurrir lo contrario, ya que justo a partir de ese momento se está capacitado, libre de ataduras, para aprehender lo verdadero, para discernir lo que es real de lo que no lo es. Pero una vez agotada la creencia en el propio juego, en el propio destino, uno pierde la curiosidad por todo, incluso por la “verdad”, aunque se esté más cerca de ella que nunca.

E. M. Cioran, Del Incoveniente de haber nacido (Taurus).

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